Los cinco retos ocultos de los Mercados Ambientales

4 de enero de 2009 Dr. Morgan Robertson

Los fanáticos de los mercados ambientales con frecuencia se quejan de ser dejados de lado por la izquierda debido a que juguetean con los mercados, pero también por la derecha por apoyarse en el gobierno. Un prominente científico social dice que un reto importante puede provenir de los mismos partidarios de los mercados ambientales, quienes no reconocen las hipótesis subyacentes de su visión del mundo y las de sus aliados potenciales. 

El cambio hacia las políticas ambientales enfocadas al mercado no está ocurriendo, obviamente, sin oposición. Los ambientalistas de la vieja guardia, añoran la seguridad de las políticas de estado de "orden y control", mientras que los anti ambientalistas de la vieja guardia añoran la erradicación de la burocracia ambiental y para ser francos, la libertad para saquear. 

Pero hay otras fuentes importantes de desacuerdo. Como miembro del equipo que desarrolla las normas de compensación de pantanos federales que rigen el mercado de los Estados Unidos para los créditos sobre pantanos, llegué a tener un gran aprecio por la manera en que dicha política con enfoque al mercado puede lograr metas en el manejo de los recursos estatales. Como botánico que trabaja para una firma de consultoría ambiental que desarrolla bancos de pantanos, he llegado a tener también un profundo aprecio por la mayor calidad ambiental que puede resultar de dichos acuerdos. 

Pero me he vuelto extremadamente cauteloso de los intentos por pasar por alto la vasta diferencia en la lógica que impulsa al razonamiento económico y la que mueve al razonamiento científico.  Estos intentos también ignoran o acallan un conjunto coherente de críticas relacionadas al mercado ambiental que surgen del movimiento anti-globalización, del movimiento de justicia ambiental doméstico así como de otras importantes fuerzas en la política ambiental y legal.

En resumen, los entusiastas de los mercados de servicios ambientales tienen cinco hipótesis que seguramente causan conflictos indeseables con los aliados potenciales en las sociedades civil y científica.  A continuación enmarco estos argumentos en contra, los que han sido recolectados a lo largo de un cierto rango de puntos de vista. Pero antes de iniciar, permítaseme aclarar que todas las partes parecen unirse en una meta básica: el mejoramiento de la calidad ambiental y la distribución social equitativa.  Esta es el alma ética común de filosofías tan dispares como el eco-Marxismo, el movimiento de justicia ambiental y la “triple línea base” de la economía ambiental. 


Neoliberalismo y “TINA”

El giro hacia las soluciones enfocadas al mercado en todos los sectores de la vida desde el cuidado de la salud hasta la educación y las relaciones internacionales hasta las políticas ambientales se ha denominado “neoliberalismo” en la mayor parte de los círculos académicos (de “nueva” aplicación de la política, al inicio de la administración Reagan a mediados de los 80’s, y “liberal” por la aplicación de las ideas de los clásicos economistas “liberales” como Jean Baptiste Say y Adam Smith).  En el mundo de la conservación y desarrollo internacional, los argumentos neoliberales tienden a promover la privatización y caracterizan a la administración estatal como ineficiente e ineficaz. 

En 1984, Margaret Tatcher hizo el famoso anuncio: “no hay alternativa” (“there is no alternative” en inglés) en cuanto a cambiar las políticas enfocadas al estado a políticas del libre mercado.  La frase se convirtió en el acrónimo TINA (There Is No Alternative) y se utiliza para referirse a cualquier estrategia retórica que cierra las críticas hacia las propuestas de políticas enfocadas al mercado. 

El debate sobre los mercados de servicios ambientales ha tenido su dosis de momentos TINA, sobre todo en la declaración que Robert Costanza hiciera en 1997 en el sentido de que “aunque la evaluación ambiental es verdaderamente difícil, llena de tensión y con incertidumbre, la opción que no tenemos es si la hacemos o no”. Por tanto, por fortuna o desgracia, los defensores de los mercados de servicios ambientales han terminado en el lado opuesto de la cerca del amplio y diverso movimiento anti-globalización, de la solidaridad laboral internacional, de los sufrimientos causados por la imposición de ajuste estructural del Banco Mundial a las naciones sureñas, y siendo un anfitrión de intereses aliados. 

Sin embargo, una observación más cercana de la realidad de las iniciativas para políticas del mercado de servicios ambientales revelan un claro recelo por la privatización generalizada y una vasta comprensión de la necesidad de regulación estatal en la construcción de los mercados.  Queda un campo en la política en el cual la ideología de los mercados libres está generalmente al servicio de las metas definidas por el estado, lo cual es una situación que seguramente preocuparía tanto a Thatcher como a los proponentes académicos del neoliberalismo como Milton Friedman. 



Ignorándose al hablar

Se puede decir que "no determinan la velocidad de la luz en la Corte Suprema". Del mismo modo, no se encuentra el precio de equilibrio del mercado en el laboratorio. En política medioambiental, tenemos la intersección de tres lógicas distintas: economía, derecho y ciencias. Cada una de ellas tiene un estándar diferente de la verdad: la ciencia trata de minimizar el error en el método hipotético-deductivo, la economía busca maximizar la utilidad agregada o individual, y en el derecho, como el juez Robert Jackson dijo la famosa frase en 1953, "La Corte Suprema de Justicia no es definitiva porque somos infalibles, somos infalibles porque somos definitivos". 

Sin embargo, la creación de productos de servicios ambientales, tiende a subordinar el derecho y la ciencia a los axiomas de la lógica económica, y exige que la dinámica del ecosistema descrita por los científicos se haga en términos susceptibles a la economía: el precio y la utilidad. Los economistas son famosos por ser inflexibles en este punto y afirman con frecuencia que los fenómenos múltiples de todo el mundo se pueden representar de acuerdo a la lógica económica. Para los que no son economistas, esta es una forma intolerable de reduccionismo (pero, de nuevo, "no hay alternativa"). 

Un agradable (pero fallido) intento de resistirse a este reduccionismo se puede encontrar en un debate que corrió entre Eugene Odum y Shabman Leonard en la década de 1970. Odum propuso que el valor de los ecosistemas se podría medir con más precisión según la cantidad de energía solar captada por ellos, y que el precio era una medida menos precisa que la del valor de julios. Shabman respondió con axioma económico, insistiendo en que se mide el valor en relación con la utilidad y se expresa en precio. De forma bastante cómica, ninguno pudo comprometer al otro más allá de la insistencia en los errores fundamentales del otro. Por supuesto, ambos estaban en lo correcto.

Como consultor botánico, no objeto la lógica económica; me opongo a sus tendencias imperialistas hacia otras lógicas. Los ecologistas deben ser cuidadosos de contribuir al desarrollo de caminos cruzados entre las características ecológicas y los valores económicos a menos que tengan un conocimiento bastante profundo de los límites de la lógica económica.

 

Sin tragedias

La existencia de la obra de Garrt Hardings "Tragedia de los Comunes" ha sido axiomática respecto a los mercados ambientales. Su amplia aceptación de las políticas en ese ámbito plantea un grave problema para los antropólogos y geógrafos académicos, para quienes la "tragedia" ha sido, si no refutada, al menos severamente calificada, desde hace algún tiempo (ver el importante trabajo de Elinor Ostrom y Ester Boserup). 

La tesis de Hardin sólo funciona donde hay un "régimen" abierto, lo que significa que no hay ninguna restricción sobre el acceso a los recursos en cuestión. Sin embargo, los investigadores que estudian la transición de la subsistencia a las economías capitalistas en toda la historia y en el mundo moderno en desarrollo han encontrado que los regímenes de "acceso abierto" sólo se encuentran en las formas tradicionales de economía que están en proceso de ser gravemente perturbadas. 

Por lo tanto generalmente se cree que Hardin ha presentado un argumento débil. En sociedades estables, no industriales, las densas y complicadas redes de los derechos de los diversos aspectos de los recursos comúnmente existentes, sirven para limitar su uso a niveles sostenibles. Los observadores de las sociedades donde los derechos de la propiedad individual son la norma, son susceptibles de equivocarse al tomar como "regímenes de propiedad común" aquellos que en realidad son "los regímenes de acceso abierto". Los observadores más cínicos del neoliberalismo toman en cuenta que las políticas de desarrollo económico mundiales sirven para alterar los regímenes de propiedad común, creando artificialmente la situación que precisamente predijo Hardin, y proporcionando una excusa - el casus Mercati, por así decirlo - para intervenir con políticas de mercado dirigido.

Si el argumento de Hardin es tan frágil, se elimina una de las principales justificaciones para volverse hacia los mercados de productos básicos ambientales: que la propiedad privada es el camino más seguro a la buena administración. De hecho, la definición del entorno como un conjunto de bienes y servicios enajenables y de propiedad privada ha demostrado que interrumpe las estrategias sostenibles de la administración comunal. Las estrategias de privatización por lo tanto no son alentadas en el Reporte de 2005 de Evaluación de los Ecosistemas del Milenio. Pero la operación de las políticas existentes no siempre resulta en la propiedad privada de servicios ambientales, y con frecuencia son compatibles con las estrategias de la gestión comunal y los derechos de usufructo anteriores por siglos al capitalismo industrial .

 
"Capital Natural"

Pocos movimientos retóricos de comunicación confunden tanto como el uso metafórico de "capital" en frases como "capital natural" y "capital social".

"El capital", cuando se aplica de esta manera, amenaza con no significar nada en el intento de significar todo: el gran economista Robert Solow en 1992 instó a que "sea absolutamente vital que el "capital" se interprete en sentido amplio para incluir todo lo tangible e intangible, en el que la economía puede invertir o no invertir, incluido el conocimiento. " 

Pero es la especificidad del capital como "dinero o recursos utilizados en la producción de bienes para un mercado" que le da su poder analítico. Sugerir que las creencias culturales o los ecosistemas puedan ser analizados de la misma manera equivale a un 'borrado retórico' de todo lo relacionado con la cultura y la naturaleza que no puede reducirse a una ingreso en la producción de una mercancía que cumple la función de utilidad del homo economicus mítico. Y tales 'borrados retóricos' pueden ser inmensamente poderosos en la escena mundial, alentando a todos a asumir que cualquier valor que valga la pena expresarse puede expresarse en un precio. Esto - no puede repetirse suficientemente - es un concepto culturalmente específico y axiomático de la economía ortodoxa occidental. 

No se sorprendan cuando la aplicación de este resentimiento engendre vanidad: cuando la naturaleza o la cultura se definan como capital, lo que justificará los intentos de cambio y las difundirá a través de una economía mundial, lejos de las comunidades que pueden depender de sus cualidades no monetizables. 

Lo que los usuarios de estas frases están tratando de decir realmente es que la cultura y el medio ambiente son fuentes de valor. Muy bien, pero el valor no debe confundirse nunca con los precios o el capital. No los debe combinar el pensamiento descuidado, venga de la tradición económica que venga. El artículo seminal de Costanza que emplea el concepto de estados de capital natural declara que el concepto es una ficción cuya suma total es incalculable. Para ser constructivo, yo sugeriría que usaramos un lenguaje más significativo y específico: ciertos elementos de la naturaleza, cuando están debidamente cuantificados y descritos, pueden entrar en la economía de bienes de capital comercial / servicios, activos fijos o como fuentes de renta - pero esto es sólo un subconjunto de la totalidad de la naturaleza. Confíese al académico el sacrificar la sensualidad por la precisión.
 

¿Cuánto es? 


Es precisamente esta cuantificación y la descripción lo que causa tantos problemas en el campo. Toda mercancía debe ser objeto de medidas estandarizadas antes de su venta: compramos galones de gasolina, compramos libras de pan, y estamos seguros por las normas gubernamentales que la gasolina tiene un octanaje determinado y el pan está hecho de ingredientes razonablemente puros. Los productos de los servicios ambientales, sin embargo, se describen, en el mejor de los casos, por representantes de indicadores estructurales de funciones ecológicas muy complejas. Aunque la mayoría de las personas coinciden en la definición de "una libra", es raro llegar a un acuerdo sobre la mejor manera de medir "hábitat de tortugas" o "calidad del agua". 

Para convertirse en mercancías, las funciones ecológicas deben tener medidas estándar y no controversiales. Pero no las tienen. Es a la vez halagador y frustrante para los ecologistas que los economistas asuman que los ecologistas puedan presentar cualquier medición que se les requiera. El conocimiento ecológico es enorme, pero mutante y carece de consenso. Como ecólogo Paul Goldstein ha dicho: "sólo la imaginación de los ecologistas y las deficiencias del lenguaje ponen el límite máximo al supuesto número de propiedades de los ecosistemas". 

Para los entusiastas, la medición es un problema que hay que superar a través de la ciencia aplicada. Para los escépticos, la incapacidad de la ciencia para proporcionar medidas de los productos básicos rápida y no controversialmente es una característica fundamental de la relación entre la economía y la ciencia. La lógica económica es poderosa y ampliamente aceptada, pero así como exige normas jurídicas externas para definir y defender la propiedad, también requiere una validación científica externa para definir y medir los productos. Esta ciencia, inevitablemente se moverá más lento que la economía cambiante de la demanda. La medición de "hábitat de tortugas" plantea retos de un orden completamente diferente al de medir el peso de la hogaza de pan. 

Para irritación de los escépticos, las declaraciones en cuanto a que los problemas de medición se pueden superar casi siempre son afirmaciones sin fuerza. Serán vencidos, dicen a menudo los defensores del mercado, simplemente porque así debe ser - a menudo esto es formulado como un problema trivial de la ciencia sólida. Otros son más circunspectos, en particular la diversidad de opiniones expresadas en la encuesta de compensación de la biodiversidad de Kerry ten Kate et al en 2004. Sin embargo, todos asumen que la ciencia ecológica va a "ponerse al día". 

Tal vez, pero aún cuando la ciencia es posible, es difícil de manejar: en 2005 Doug Bruggeman y sus colegas proporcionaron un ejemplo particularmente complicado de un intento de definir, con rigor científico, el valor del capital natural de la diversidad genética. Con la impecablemente sólida ciencia genética, la medida que desarrollaron todavía está expresada en una ecuación de múltiples variables y muy larga, con un procedimiento de verificación que involucra electroforesis en gel.

 
Más allá de la economía

Aunque los académicos son en general buenos al criticar y malos al recomendar soluciones positivas, la abundancia de soluciones positivas, incluso a través de los debates descritos más arriba, es exactamente lo que me anima a la política dirigida a los mercados. El pensamiento económico, a pesar de su aparente poder, no puede poner límites a la creatividad y las colaboraciones que se producen actualmente en la rúbrica de los "mercados de servicios ambientales". Como testigo de la evolución en el comercio de la calidad del agua, es evidente para mí que nada que se acerque a ser  "un mercado" en el sentido económico estricto va a desarrollarse en el futuro inmediato. Sin embargo, el número de estrategias alentadoras, inventivas y efectivas satisfactoriamente están surgiendo.

En algunos casos (no todos), la evolución hacia los mercados de servicios ambientales ha abierto un campo de acción totalmente nuevo para las personas que previamente habían sido mantenidas fuera del proceso normal de toma de decisiones en la gestión ambiental. Ese nivel modesto de la democratización a menudo a pesar de,- más que por- el poder de principios económicos ortodoxos, se acogió con entusiasmo. Los escépticos pueden compartir las preocupaciones mencionadas, y sin embargo encontrar esperanza en la imprevisibilidad de la política existente. Algunos publican trabajos que encuentran tanto posibilidades políticas progresistas como resultados ambientales positivos al aplicarse las políticas basadas en el mercado. Es evidente que los mercados no van a desaparecer, pero tampoco el futuro que se les predijo sólo por la economía. Su potencial para la sorpresa es enorme. 

  
Dr. Robertson Morgan escribió este artículo. Lo puede encontrar en 
mmrobertson@uky.edu. Recibió su Ph.D. de la Universidad de Wisconsin, Madison en 2004. Entre 2004 y 2007 trabajó en la sede de la EPA de los EE.UU en el desarrollo de la norma 2008 de humedales de compensación.

Artículo traducido del Ecosystem Marketplace.

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