Vida, pasión y suerte de los econegocios amazónicos en el Perú

30 de enero de 2013 Ramiro Escobar

La dispendiosa biodiversidad peruana ofrece múltiples oportunidades económicas. Pero la ausencia de infraestructura y otros factores impiden su despegue. El artículo presenta una visión de actividades actuales en el area de plantas medicinales, ecoturismo, pesca y pisicultura en vista de los principios básicos de los econegocios o biocomercio del Perú.

Poca gente sabe en Lima lo que es el huicungo (Astrocaryum huicungo), salvo José ‘Pepe’ Álvarez, un biólogo español que ahora trabaja en esta capital, pero que está afincado hace cerca de 30 años en Iquitos, la ciudad más importante de la Amazonía peruana. Según él, esta palmera selvática, no muy conocida pero abundante en Loreto (región nororiental del Perú), es rica en los ácidos laúrico y oleico, dos sustancias vitales.

El primero tiene efecto antimicrobiano, lo que lo hace ideal para la fabricación de jabones, y el segundo (también presente en el aceite de oliva), acaricia los vasos sanguíneos, de modo que ayuda a prevenir infartos. La manteca sacada de esta planta puede, además, dar más brillo al cabello y mayor elasticidad a la piel. Sin embargo, en Huicungo, un pueblo de la también amazónica región San Martín, es  bastante más fácil encontrar aceite para autos.

 

Lo posible y lo imposible

Tanto Álvarez como otros especialistas observan esto con una suerte de esperanza y desazón que parece provenir de una constatación palmaria: el Perú, considerado en la lista de los 17 países megadiversos elaborada por el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente), tiene dispendiosos recursos, que pueden ser aprovechados, de manera sostenible, especialmente en la Amazonia, pero las prioridades van por otro lado.

El caso del huicungo resulta decidor, aunque sólo es un eslabón de una cadena de posibilidades desperdiciadas o aprovechadas insuficientemente. El camu-camu (Myrciaria dubia-Myrtaceae), por ejemplo, otra fruta amazónica, que tiene 20 veces más vitamina ‘C’ que la naranja, en algún momento se perfiló como un ‘boom’. Más o menos desde 1994, cuando comienza a ser promocionado, a la actualidad, su exportación ha sido zigzagueante.

En el 2007, alcanzó un pico récord de más de 4 millones de dólares en exportaciones, al hacerse muy popular en el extranjero, e incluso en Lima (donde sí se le puede encontrar) y el país. Pero en los años siguientes su salida al extranjero fue decayendo, al punto que en el 2011 no se exportó ni por 1 millón de dólares. Mario Pinedo, funcionario del IIAP (Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana), ensaya algunas explicaciones.

Por un lado, apunta a la poca transferencia de tecnología y a que “la organización de los productores no está fortalecida”. Son apenas, explica, 9,000 familias dedicadas al cultivo de camu-camu, cada una de las cuales puede producir 1 hectárea, que resulta poco para la demanda de países como Japón, uno de los compradores de la generosa fruta. Pero además resalta dos asuntos cruciales: el costo de la energía y el problema del transporte.

Este último factor es fundamental. Como recuerda el economista ambiental Manuel Glave, “no hay redes de transporte eficaces en la Amazonía”. En la inmensa región Loreto (368,851.95 kilómetros cuadrados), valga el caso, sólo hay una carretera que va entre Iquitos y la vecina ciudad de Nauta, a través de 115 kilómetros. El resto de transporte es fluvial y demora horas o hasta días (2 días desde Pucallpa, otra ciudad amazónica, a Iquitos).

Claro, hay un vuelo que va de Lima a Iquitos en 1 hora y 30 minutos, pero las venas de la selva carecen de conexión terrestre, especialmente en la parte baja, o de un transporte fluvial más literalmente fluido, lo que dificulta el comercio, el abastecimiento, la vida. La paradoja es que, si acaso se optara por construir carreteras masivamente, se cometería simultáneamente un suicidio ambiental, pues no hay ruta terrestre que no cause impacto.

De acuerdo al agrónomo y ecólogo Marc Dourojeanni, una carretera “provoca el disturbio de los ecosistemas naturales”. Porque necesariamente tiene que tumbar bosque y porque atrae, alrededor suyo, migraciones que terminan de alterar el entorno. El dilema no viene fácil dado que una de las máximas para que los econegocios amazónicos funcionen es, tal como dice el empresario ecoturístico Kurt Holle, “mantener el bosque en pie”.

 

El ritmo del ecoturismo

¿Funciona el ecoturismo? Es una de las grandes posibilidades del país, precisamente por su altísima biodiversidad, lo que lo provee de paisajes espectaculares, de ecosistemas realmente deslumbrantes. El porcentaje de selva dedicado a este rubro, sin embargo, es pequeño. Según Álvarez, sería apenas el 3 a 4% de la Amazonía peruana, que abarca cerca de 760,000 kilómetros cuadrados y que constituye el 60% del territorio nacional.

Pero también depende qué sea exactamente ecoturismo. La empresa Rainforest Expedition, por ejemplo, que trabaja en la zona de Tambopata (selva suroriente del país) posee 3 albergues: Posada Amazonas, Refugio Amazonas y Tambopata Reserch Center. El primero de ellos lo maneja con una comunidad de la etnia ese’eja, que habita en la zona, mediante un convenio que le deja a estos nativos el 60% de las ganancias dejadas por los turistas.

Se trata de cumplir así uno de los 7 principios establecidos por el Programa Nacional de Promoción de Biocomercio establecido por el Estado Peruano: “distribución justa y equitativa de los beneficios derivados del uso de la biodiversidad”. Los otros seis principios apuntan a la conservación de este recurso, a su uso sostenible, al cumplimiento de la legislación nacional e internacional, a la sostenibilidad socio-económica.

También a la claridad sobre la tenencia de la tierra y al respeto de los actores involucrados en el biocomercio, algo que también se puede lograr mediante estos convenios. La empresa Muyuna Lodge, que administra un albergue del mismo nombre en la quebrada Yanayacu, a unos 140 kilómetros de Iquitos (río arriba por el Amazonas), también tiene un acuerdo similar en la zona donde trabaja, en beneficio de la comunidad San Juan de Yanayacu.

Ambas empresas son serias, realmente procuran respetar el bosque, trabajan con las personas asentadas en la zona. Rainforest Expedition ofrece ver, de madrugada, la bajada de cientos de guacamayos que llegan a comer arcilla, mientras llenan el ecosistema de bulla y color. Y en Muyuna Lodge hay abundantes cursos de agua, donde la cantidad de peces es abundante, variada, de modo que es posible admirar la riqueza ictiológica amazónica­.

No todas las empresas que se visten de ‘ecoturísticas’, sin embargo, cumplen con los mencionados principios. Con frecuencia se encuentran casos en los cuales no se viaja “en forma responsable hacia áreas naturales”, ni se conserva el ambiente y se mantiene el respeto a las comunidades, tal como recomienda la Sociedad Internacional de Ecoturismo (TIES, por sus siglas en inglés). Pues se trata de un negocio que requiere atención.

El MINCETUR (Ministerio de Comercio Exterior y Turismo) viene promocionando esta actividad, mediante campañas que la impulsen y la pongan en mayor valor. En el 2011, entraron al Perú 2’597,803 turistas, de los cerca de 1,000 millones que se mueven por el mundo anualmente, según cifras de la OMT (Organización Mundial de Turismo). Una buena parte ellos viene atraído por la irremediable seducción de la biodiversidad.

 

De peces y árboles

Otra gran fuente de posibilidades amazónicas es la riqueza pesquera, un rubro que, como los otros, tiene su claroscuro. De acuerdo a la enciclopedia GEO Amazonía, publicada por la Universidad del Pacífico (Perú), el PNUMA y la OTCA (Organización del Tratado de Cooperación Amazónica), el consumo de pescado amazónico en el Perú asciende a 40,000 toneladas anuales. Y según el IIAP, el consumo per cápita es de 9 kilos y medio anuales.

No es una situación ideal, teniendo en cuenta que el pescado es la principal proteína de la región amazónica. Y que hay zonas, como Madre de Dios (selva suroriente del país), donde se consume muy poco, debido a los altos niveles de contaminación en los ríos, provocados sobre todo por la minería de oro informal. El otro problema que aparece, nuevamente, es el del transporte: es muy difícil que este recurso pesquero llegue a otras partes del país.

En Lima, verbigracia, encontrar pescado amazónico resulta difícil, extraño. Ocasionalmente se ve, en algunos mercados, pero no es un producto de consumo habitual. Ello a pesar de que, según el IIAP, se estima que en la Amazonía, al año, se producen 15 millones de peces, buena parte de ellos en proyectos de acuicultura que tienen cierto éxito. Uno de ellos se ubica en el Área de Conservación Ambiental  de la Cuenca del río Huamanpata.

En esa parte alta de la selva nororiental (1,600 metros sobre el nivel del mar), la crianza de un delicioso pez llamado gamitana, oriundo más bien de la partes bajas de la Amazonía, está resultando. Proyectos similares hay en otras zonas, aunque como señala el IBC (Instituto del Bien Común), es una actividad que requiere “inversión y dedicación”. Por eso, suele ser más conveniente mantener el ecosistema acuático limpio en vez de criar.

La abundancia de peces amazónicos (unas 2,500 especies, más que en todo el Océano Atlántico, de las que se utilizan unas 200) ofrece no sólo alimento. La arahuana (Osteoglossum bicirrhosum), un hermoso pez ornamental que posee una suerte de antena delante de la boca, es muy requerido en los mercados asiáticos y, según el IIAP, la venta de sus alevinos representa un ingreso promedio de 3 millones de dólares anuales.

Los pobladores  de San Juan de Yanayacu lo saben y, por eso, en la quebrada, tienen una cocha (palabra quechua usada en la región, que designa a una laguna) destinada solamente a la reproducción de esta especie. Los grandes problemas son la pesca furtiva, el respeto de las vedas -especies amazónicas como el gigantesco paiche (Arapaima gigas), un pez delicioso, tienen una veda anual- y los incentivos que hay para este econegocio.

Algo análogo ocurre con la riqueza maderera, que camina peligrosamente entre la legalidad y la ilegalidad. Las 71.8 millones de hectáreas de bosques que posee el Perú, si se explotaran de madera sostenible, tendrían un gran potencial. Actualmente, no obstante, solo significan un 1% del PBI, pero lo más preocupante es que hay una gran cantidad de actividad maderera sumergida, que funciona clandestinamente o en base a la corrupción.

La agencia EIA (Environmental Investigation Agency) denunció el año pasado que, entre el 2008 y el 2010, más de 100 embarques con madera de origen ilegal fueron exportados de Perú a Estados Unidos. En el camino, por supuesto, no se respetaron los planes de manejo que harían a esta actividad sostenible. Al tiempo que se vulneraron los derechos de las comunidades nativas, con lo que uno de los principios de los bionegocios fue pulverizado.

 

El futuro (y el presente) sostenibles

Miguel Tang, director del Programa de Economías Verdes de AMPA (Asociación Amazónicos por la Amazonía) prescribe un principio más para que los econegocios amazónicos funcionen: “para mantener la producción natural/recuperación de las especies de interés comercial, se debe intervenir sobre el ecosistema que dichas especies requieren asegurando a la vez la conservación de dicho ecosistema”. O sea evitando la degradación.

Esto debería funcionar para el huicungo, para la cría de peces (o para la conservación de los ecosistemas naturales donde viven), para mantener el bosque en pie, para que el ecoturismo sea posible. También para que la naturaleza ofrezca servicios ambientales, un rubro que, dada la enorme biodiversidad del Perú, tiene mucho potencial. Como fuere, un asunto central es la actuación del Estado para impulsar, con más fuerza, estos econegocios.

En el Ministerio del Ambiente, que participa del Programa Nacional de Promoción de Biocomercio, se nos informa que existe la disposición de hacerlo y que ya se debate cómo sería un “crecimiento verde”. Siendo la Amazonía el gran emporio de la biodiversidad peruana, algunas políticas deberán alcanzar a sus esforzados emprendedores sostenibles. A aquellos que creen que la economía y la ecología son dos vientos del mismo viaje.

 

Ramiro Escobar es periodista especializado en temas ambientales e internacionales, además de profesor universitario. Escribe columnas y reportajes en el diario La República (Perú). Colabora también en el diario El País (España), el portal O'eco amazonía de Brasil y la revista PODER de Perú. Se le puede contactar en meditamundo@gmail.com. Esta es su primera contribución a ValorandoNaturaleza.org.

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